Semillas de Dios.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Septiembre 28. Homilía del XXVI domingo durante el año (Ciclo A) . Desde Guatemala. Monseñor Rodolfo Colominas Arango.

 
 
Que nuestra vida cristiana no se quede en buenos deseos ni en buenas palabras.
 
Dios quiere nuestra vida y nuestras obras.
 
Seamos generosos en nuestra respuesta al Señor.
 
Feliz domingo.
 
MONSEÑOR COLOMINAS.
 
 
 
Homilía del XXVI domingo durante el año.
 
  1. Constantemente se nos está recordando que el centro de nuestra vida cristiana y que el motor que nos debe impulsar en todas nuestras actividades es el amor. Ese es el secreto de toda nuestra vida cristiana. 
  1. Nosotros tenemos que enamorarnos de Dios y en la medida en que lo amemos con todo el corazón, en esa misma medida vamos a vivir de verdad nuestra vida cristiana. Lo que nos dificulta vivir una respuesta constante a los llamados de Dios es la falta de amor. 
  1. Hacemos las cosas por obligación y muchas veces, incluso, las hacemos movidos por el temor al castigo. Evidentemente, nunca podremos servir y agradar a Dios de esta manera, aunque cumplamos con lo que se nos manda 
  1. Nuestra fe cristiana es una Fe liberadora. Por lo mismo no puede estar jamás impulsada por el temor al castigo. Solamente el amor es capaz de hacer verdaderamente libre a una persona. 
  1. En la segunda lectura que teníamos hoy, San Pablo nos hacía una invitación: «Tengan los unos con los otros los mismos sentimientos que estuvieron en  el corazón de Cristo  Jesús». Nos invita a hacer nuestros los sentimientos de Cristo. 
  1. ¿Cuáles son los sentimientos de Cristo? Fundamentalmente es el amor. Cristo se encarnó y compartió en todo nuestra existencia humana por amor. Primeramente, por amor al Padre. Y luego, por amor a cada uno de nosotros. 
  1. Impulsado por ese amor, Cristo vivió una obediencia total a lo que el Padre le pedía. Nos lo decía hoy San Pablo: « Cristo Jesús, aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con Él, sino que renunció a su dignidad divina y tomó la naturaleza de esclavo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta una muerte en la cruz.» 
  1. ¿Cuál fue la razón o el motivo de esta obediencia total y absoluta a la voluntad del Padre? La única razón fue el amor. Precisamente porque amaba al Padre y porque nos amaba a nosotros, por eso aceptó lo que el Padre le pedía. 
  1. La Obediencia amorosa de Cristo le llevó a aceptar la peor de las muertes: la muerte en la Cruz. Y lo que al Padre le agradó no fue precisamente el dolor y el sufrimiento de Cristo. Porque evidentemente a un Padre amoroso no le agrada de ninguna manera que su Hijo sufra. Lo que al Padre le agradó fue el amor manifestado en su obediencia total, que no supo negarle nada de lo que le pedía. 
  1. Por eso es que este amor y esta humilde obediencia, recibe la más grande de las recompensas. Sin dejar de ser hombre, Cristo recobra la gloria que le correspondía como Hijo de Dios de la que se había despojado en el momento de la Encarnación. 
  1. Es lo que nos dice San Pablo cuando afirma: «Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre ». 
  1. Si nosotros debemos tener los mismos sentimientos de Cristo, esto quiere decir que hemos de aprender a vivir la obediencia en el amor. Si nosotros estamos enamorados de Dios vamos a hacer en todo su voluntad. Y en eso consiste nuestra vida cristiana.
     

  1. Sin embargo, todos somos concientes de que no siempre hacemos lo que Dios quiere que hagamos. Muchas veces nos negamos a hacer su voluntad. Nosotros queremos que Dios haga todo lo que nosotros le pedimos, pero no queremos hacer lo que Él nos pide. 
  1. Y el pecado consiste precisamente en negarnos a hacer la voluntad de Dios. El pecado no consiste fundamentalmente en que nosotros hagamos cosas «malas», sino en que nosotros nos negamos a hacer lo que Dios nos pide y preferimos hacer nuestra propia voluntad. 
  1. Es cierto que a veces hay cosas que son verdaderamente malas y depravadas y que tienen graves consecuencias. Pero también hay otras cosas que, aunque no tienen tan graves consecuencias, sin embargo, están expresando nuestra negativa a hacer lo que Dios nos pide. 
  1. La maldad del pecado está en la falta de amor a un Padre que nos ama como nadie nos ha amado jamás. Cuando nosotros nos negamos a amar, destruimos nuestro propio ser. Destruimos la imagen de Dios que hay en nosotros. Solamente somos verdadera imagen y semejanza de Dios cuando vivimos en el amor 
  1. Sin embargo, aunque en algún momento nosotros nos hayamos negado a hacer lo que Dios nos pide, siempre el Señor nos concede la oportunidad del arrepentimiento; siempre nos ofrece la oportunidad de convertirnos y de ser perdonados.  
  1. Lo malo en nuestra vida no es precisamente el pecado, sino el endurecimiento de nuestro corazón que nos lleva a rechazar el amor que Dios nos ofrece y nos cierra a la conversión. 
  1. Hoy Jesús nos ofrece una parábola. Se trata de dos hijos. Uno muy amable y siempre con muy buenas palabras. El otro un muchacho alegador, rebelde, caprichoso y grosero en su manera de contestar. 
  1. En cierta ocasión, el papá les pide que vayan a trabajar a su viña. Se acercó al primero de sus hijos para decirle: "Hijo, hoy tienes que ir a trabajar en la viña." Y él le respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue.   
  1. Esta actitud contrasta con la del otro hijo al que le pidió lo mismo. Y este respondió con mucha amabilidad: "Ya voy, señor." Pero de hecho no fue.  
  1. En el primer caso hay una negativa a hacer la voluntad del padre. Pero después, el hijo recapacita y hace lo que su padre le pide. En el segundo caso hay muy buenas palabras. Una aceptación generosa para hacer lo que el padre le manda, pero a la hora de las horas, no hace lo que su padre le pide. 
  1. Ahora, Jesús les dice a los que lo estaban escuchando: «Ahora bien, ¿cuál de los dos hizo lo que quería el padre?» La respuesta es evidente: «El primero.» ¿Por qué? Porque, aunque se había negado con rebeldía, al final hizo lo que su Padre le había pedido. 
  1. Esto significa que a Dios no le interesan las buenas palabras y las formas externas educadas y amables. Lo que a Él le interesa es que sigamos sus caminos. Dios, cuando nos manda algo, no lo hace para demostrar que Él manda y que tiene poder sobre nosotros. Dios no necesita hacer ostentación de poder. 


  1. Cuando Dios nos pide algo es para nuestro propio bien. Dios conoce perfectamente lo que necesitamos y lo que nos pide siempre es para que nosotros podamos crecer y desarrollarnos como verdaderos hijos suyos. 
  1. Obedecer a Dios es el camino más seguro que nosotros podemos seguir. Nos libra de preocupaciones y ansiedades. Nos da los medios necesarios para que podamos vivir en paz. 
  1. Todos nosotros somos conscientes de la amarga situación que vive actualmente nuestro mundo. Desde los niveles internacionales hasta los niveles familiares. Dios no quiere nada de esto.  
  1. Más aún, durante siglos Dios nos ha estado pidiendo que hagamos caso a su Palabra y que vivamos de acuerdo a su voluntad. Pero la humanidad y cada uno de nosotros nos hemos negado insistentemente a hacer lo que Dios nos pide. 
  1. Las consecuencias las sufrimos todos los días en carne propia. La violencia, los odios, la ruptura de las familias, etc. Son algunas de las consecuencias del querer seguir nuestros propios caminos. Sin embargo, nosotros no queremos abrir los ojos a esta realidad. Por eso nos negamos a hacer lo que Dios nos pide. 
  1. Incluso, muchas veces le echamos la culpa a Dios de todo lo que sucede. En realidad, Dios no es el causante de todos estos males. Todo es fruto del mal uso que hemos hecho de nuestra voluntad y de nuestra libertad. Pero podemos cambiar. 
  1. Dios no quiere que nosotros le digamos buenas palabras. A Dios no le interesa que nosotros digamos que somos cristianos y que creemos en Él. Lo que quiere es que haya una conversión en nuestra vida y que vivamos de acuerdo a su voluntad. 
  1. Reflexionemos hoy un poco sobre nuestra propia vida. Preguntémonos si de verdad hacemos lo que Dios nos pide; si seguimos sus caminos; si nuestra vida es expresión de nuestra Fe. 
  1. Nosotros al ser bautizados le dimos al Señor un sí. Renunciamos al mal y al pecado. Profesamos nuestra Fe y dijimos que íbamos a vivir de acuerdo a ella. ¿Lo hemos hecho? ¿O somos como el hijo que le dijo muy buenas palabras a su Padre pero que no hizo lo que le pedía? 
  1. Recordemos que siempre tenemos la oportunidad de convertirnos. El Padre Dios nos está esperando con los brazos abiertos. Dios nos ama a cada uno de nosotros personalmente. Dejémonos amar. En este amor es donde podremos encontrar la plenitud de nuestra existencia. 
  1. Pidamos al Señor la gracia de ir construyendo un mundo nuevo, en el que su voluntad sea la norma que nos guíe en cada momento. Dejemos a un lado los caminos de muerte y de violencia que estamos siguiendo y emprendamos, por fin, el camino de la vida en plenitud. 


 
Oración de los fieles 
Sacerdote: Invoquemos a Dios, que por Cristo nos enseñó el camino que lleva a la vida, Y pidámosle por todas nuestras necesidades. 
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Sacerdote: Escucha, Señor, nuestras súplicas, mándanos a trabajar a tu viña, y no permitas que nada demore nuestra respuesta a tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
 

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