Semillas de Dios.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Domingo 8 de Noviembre. Homilía del XXXII domingo durante el año (Ciclo B). Desde Guatemala por Monseñor Rodolfo Colominas Arango.La generosidad, es la que nos hace semejantes a Dios.




La generosidad, es la que nos hace semejantes a Dios. 

En todo momento Dios es generoso con nosotros. 

Generoso sin medida. 

Feliz Domingo. Padre Colominas.














Homilía XXXII domingo durante el año 
(Ciclo B).




1. Dos de las lecturas que hemos escuchado hoy nos hablaban de dos mujeres. Ellas no tenían humanamente nada de qué presumir. Eran dos personas ancianas y pobres. Tan pobres que apenas tenían lo necesario para subsistir.

2. La Sagrada Escritura ha conservado vivo, el recuerdo de estas dos mujeres durante más de dos mil años, porque ellas se caracterizaron por su generosidad. Supieron dar a pesar de su pobreza. Supieron compartir con los demás lo poco que tenían.

3. Fijémonos en el hecho de que los ricos y famosos de la antigüedad pasaron; hoy ya nadie se acuerda de ellos. Y, si por casualidad alguna vez se les recuerda, no es precisamente por sus virtudes, sino más bien por las maldades que hicieron y las injusticias que cometieron.

4. En cambio, estas mujeres seguirán vivas por siempre, en la memoria de los creyentes porque fueron, para todas las generaciones, un ejemplo de generosidad digno de ser imitado.

5. La primera de estas mujeres es una viuda pobre de un lugar llamado Sarepta. Estaba recogiendo leña a la entrada de esta población. Se le acerca el profeta Elías y le pide un poco de agua para beber. La viuda gustosamente se encaminaba a buscar el agua, cuando Elías le pide que le traiga también un poco de pan.

6. Parecería como que Elías no se da cuenta, de la situación que estaba viviendo en esos momentos esta viuda. No solamente esta sufría por su pobreza, sino que, además, vivía en un pueblo que estaba sufriendo, una terrible sequía por más de tres años.

7. Elías pide, lo que humanamente no podía hacer la viuda. Por eso ella le responde, que ya no le queda casi nada para comer. Lo único que tiene es un puñado de harina y un poco de aceite. Lo suficiente para cocer un pan para ella y para su hijo, comérselo y luego esperar la muerte.

8. La situación de esta mujer era angustiosa y desesperada. Sin embargo, Elías le hace una promesa en el nombre de Dios: «No temas, vete a tu casa a hacer lo que dijiste. Pero primero hazme un panecito a mí y tráemelo, y después te lo haces para ti y para tu hijo. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: No se terminará la harina de la tinaja, ni se agotará el aceite del cántaro, hasta el día en que el Señor mande la lluvia a la tierra.»

9. Ciertamente no es fácil creer en promesas, cuando de por medio existe un hambre que está matando. En estos casos, se prefiere la realidad y los hechos a las promesas. Sin embargo, la viuda fue generosa. Confió en la promesa que Elías le hacía en el nombre de Dios y le hizo a Elías un poco de pan.




10. Y, ante la generosidad de esta viuda, Dios cumple su promesa. Nos decía la primera lectura que desde ese día tuvieron comida, ella, Elías y el hijo. Que la harina de la tinaja no se agotó, ni disminuyó el aceite del cántaro, según lo que había prometido Dios por medio de Elías.

11. El relato del Evangelio no es menos impresionante. Nos presenta a Jesús, sentado frente a las alcancías del Templo. 
El, desde el lugar en donde se encontraba, podía ver cómo
la gente echaba dinero para el tesoro del templo; pasaban algunos ricos, y daban mucho.

12. Seguramente que no era solamente Jesús, el que estaba viendo lo que pasaba. También había muchas otras personas que estaban viendo, admirados, la aparente generosidad de los que contribuían con grandes cantidades de dinero.

13. De pronto, Jesús les pregunta a sus discípulos: ¿Quién creen ustedes que ha sido la persona que más ha echado en la alcancía? Y los discípulos empiezan a dar los nombres de quienes a su juicio, han sido los que más han dado.

14. Pero Jesús les hace ver, que la persona que más ha dado, ha sido una pobre viuda que contribuyó, con dos monedas de escaso valor. Ellos seguramente, ni siquiera tomaron en cuenta la contribución de esta mujer. Ni se acordaron de ella. Era tan poco lo que había dado, que ni siquiera la habían tomado en cuenta.

15. Los discípulos se quedaron extrañados ante esta afirmación de Jesús. Porque ciertamente lo que había dado, no era nada en comparación con lo que habían aportado los otros. Era tan poco que parecía, como que le habían hecho un favor al aceptarle, tan ridícula cantidad.

16. Sin embargo, Jesús les da a ellos y a nosotros una enseñanza fundamental: Dios no ve las cosas como las vemos nosotros. Dios no ve el exterior ni las apariencias. Dios conoce el interior, los sentimientos y los pensamientos de cada persona.

17. Jesús conocía la realidad interior de aquella persona. Por eso les dice «Yo les aseguro que esta viuda pobre, ha dado más que todos los otros. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras que ella ha dado desde su pobreza; no tenía más, y dio todo lo que tenía para vivir.»

18. Esto nos plantea, algo muy importante para nuestra vida cristiana. Nos recuerda, la virtud de la generosidad. Esa virtud brota de la caridad hacia Dios y hacia el prójimo. 
Y, juntamente con la caridad, la generosidad también exige, tener el corazón desprendido de todos los bienes, tanto materiales como espirituales.




19. Por eso podemos decir, que la generosidad es la virtud de las almas grandes, que encuentran su mayor alegría, en el poder compartir con los demás, lo que han recibido de la infinita misericordia de Dios.

20. La persona generosa sabe dar a los demás cariño, comprensión, perdón, alegría. Sabe compartir el tiempo, los conocimientos, las cosas materiales. Sabe desprenderse de las cosas, para que los demás no pasen necesidad.

21. La persona generosa, es aquella que no está esperando la recompensa, a cambio del bien que ha hecho. Sabe dar, sin esperar nada como compensación. Y es porque se ha dado cuenta, de que todo lo que es y lo que tiene, lo ha recibido gratuitamente de Dios. Por eso lo comparte también gratuitamente.

22. La persona generosa, sabe confiar plenamente en Dios, porque sabe que Él nunca la va a abandonar. Ha puesto su confianza en Dios y por eso no se apoya en los bienes materiales. Tiene un apoyo infinitamente más sólido, que nunca le va a fallar.

23. El dar y el compartir con los demás, lo que Dios nos ha dado, ensancha el corazón y lo hace más joven. En cambio, el egoísmo, la avaricia, la falta de generosidad, empequeñece a la persona, limita el horizonte de su vida y no la deja saborear la verdadera alegría, que brota del saber compartir con los demás.

24. Hemos de ser generosos con Dios, para darle lo que nos va pidiendo a lo largo de nuestra vida. A veces nos pide lo que amamos con todo nuestro corazón. Otras veces nos pide aquello sin lo cual pensamos, que no podemos vivir. Sin embargo, Dios no se deja ganar en generosidad. Nos da en la medida en que nosotros damos.

25. Jesús nos lo dice claramente en el Evangelio: « Den y se les dará; se les dará una medida buena, apretada, remecida, rebosante, que pondrán en el pliegue de su manto. Porque con la medida con que ustedes midan, se les medirá. »

26. Hay personas que se quejan, de que Dios no oye sus súplicas y que no las ayuda en sus necesidades. Yo creo que aquí encontramos la razón, de esta aparente falta de respuesta que experimentan. No reciben lo que necesitan, porque no saben dar ni compartir con los demás, lo que son y lo que tienen.

27. Piensan solamente en sí mismas. Tienen su corazón puesto en las cosas. No quieren desprenderse de nada de lo que tienen, porque creen que con eso, van a perder su seguridad. Por eso Dios no les responde. Porque confían más en las cosas que en Dios mismo.




28. Debemos abrir nuestro corazón, a lo que Dios nos va pidiendo. No le neguemos nada, aunque sintamos que nuestra vida se derrumba. Dios sabrá recompensarnos, en la medida en que nosotros, hayamos sido generosos con Él.

29. Es propio de la generosidad, el dar con prontitud. La persona generosa, no piensa mucho antes de dar. Esto lo vemos en muchas personas, que ya están dando, antes de que se les termine de pedir. A esas personas Dios siempre les responde con prontitud. Dios les da en la medida en que ellas dan.

30. Recordemos una verdad fundamental: La mano que está abierta para dar, está también siempre, abierta para recibir. Pero la mano cerrada para dar, también está cerrada para recibir.

31. Nosotros debemos ser generosos, con nuestro prójimo. Hay muchas cosas que nosotros podemos dar y en vez de empobrecernos, nos vamos a enriquecer infinitamente, con los bienes de Dios. Pongamos algunos ejemplos:

> Saber perdonar con prontitud los agravios que recibimos.

> Juzgar positivamente a los demás, justificando en la medida de lo posible sus fallos.

> Ofrecer a los demás, el regalo de una sonrisa franca y sincera.

> Tratar de hacer más llevadera la vida a los demás.

> Estar dispuestos a ayudar, a los que lo necesitan.

> Dar en la medida de nuestras posibilidades, a los pobres y necesitados.

> Compartir nuestros conocimientos y habilidades.

> Dar parte de nuestro tiempo, en actividades apostólicas o comunitarias.

32. Fijémonos bien, cómo Dios no abandona a la persona que sabe compartir con los demás, lo que ha recibido de Dios. Como nos decía la primera lectura: «No se terminará la harina de la tinaja, ni se agotará el aceite del cántaro». La viuda de Sarepta experimentó el fruto de su generosidad.

33. Lo mismo podemos experimentar nosotros. Y de esta manera, no solamente podremos ayudar grandemente, a nuestros hermanos que pasan necesidad, sino que veremos cómo a nosotros mismos, nunca nos va a faltar lo que necesitamos para vivir.

34. En un mundo tremendamente materialista, esta es una de las verdades que se nos han olvidado. Por eso es que pasamos penas y necesidades: porque no sabemos ser generosos. Fijémonos en un detalle: las personas más generosas son, generalmente, las más pobres y necesitadas. Y, a ellas, a pesar de su pobreza, jamás les hace falta lo necesario para vivir. Dios no abandona al que es generoso.

35. Pidamos a Nuestro Señor, la gracia de saber compartir con los demás, los bienes que Él nos ha dado. Que no dejemos que nuestros hermanos más necesitados, padezcan necesidad. Que sepan encontrar en cada uno de nosotros, unos mensajeros de la Divina Providencia, que nunca abandona al que padece necesidad.






Oración de los fieles
Sacerdote: Oremos unidos a todos los cristianos, por nosotros, por la Iglesia y por todo el mundo.
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Sacerdote: Te alabamos, Señor, porque mantienes tu fidelidad perpetuamente, porque tu Hijo nos ha redimido y porque nos congregas en tu casa, para alabarte y glorificarte. 


Por Jesucristo nuestro Señor. 

Amén.









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