Semillas de Dios.

viernes, 14 de abril de 2017

ABRIL 14. HOMILÍA PARA EL VIERNES SANTO. Unidos en Cristo muramos al hombre viejo para poder resucitar juntamente con Él. Desde Guatemala por: Monseñor Rodolfo Colominas Arango.

Unidos en Cristo, muramos al hombre viejo, para poder resucitar juntamente con Él. 



HOMILÍA PARA EL VIERNES SANTO


1. Ayer recordábamos el gran amor que Jesús nos tiene, al querer quedarse para siempre entre nosotros a través de la Caridad, de la Eucaristía y a través de la persona de sus sacerdotes. Hoy nos volvemos a encontrar de nuevo con ese amor, llega hasta el extremo de entregar su vida por nosotros, en el altar de la cruz.

2. La entrega de su vida no es un simple acto heroico. Es el mayor acto de amor que jamás alguien, haya podido tener para con sus semejantes. Cristo no muere solamente por amor a nosotros, sino que muere en vez de nosotros, porque nos ama.

3. San Pablo en una de sus cartas, nos dice que la muerte es el precio del pecado. Por eso es que a nosotros nos correspondía, sufrir el castigo de nuestros pecados. Nosotros somos los que ofendimos a Dios. Por eso es que a nosotros nos correspondía sufrir la muerte.




4. Ya el Padre Dios se lo había advertido a nuestros primeros Padres, cuando les prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal: "El día en que coman de él morirán". Y fue a causa de su desobediencia que entró la muerte en el mundo.

5. Pero no se trataba simplemente la muerte corporal, ya que esa muerte es algo que pertenece a nuestra naturaleza humana, sino que se trataba de la muerte eterna, que significa el quedarnos alejados de Dios y de su amistad, por toda la eternidad.

6. Nosotros hemos sido creados por Dios, para vivir eternamente en su amistad. El pecado, la desobediencia a la voluntad de Dios, nos aleja para siempre de esta meta. Nos aleja, porque todo pecado, es un deprecio al amor de Dios. Por eso nos convierte en personas desdichadas por toda la eternidad.

7. Pero el Padre Dios que nos ama infinitamente, porque somos sus hijos, se compadeció de nosotros y por medio de la muerte de su Hijo Unigénito, quiso reparar el mal que el pecado había introducido en nuestra existencia.

8. Ciertamente éramos nosotros, los que debíamos morir a causa de nuestras desobediencias, al Padre Dios. Pero quiso que su hijo Jesucristo, muriera en vez de nosotros para que nosotros pudiéramos vivir por toda la eternidad.

9. No podemos ni siquiera imaginar, la inmensidad del amor que Cristo nos tiene, al aceptar llevar sobre sí mismo todas nuestras culpas. Y Jesús carga con todas nuestras maldades, no porque no las sienta, sino experimentando en sí mismo, con toda su crudeza, todo el dolor y todas las angustias de la humanidad.



10. Cristo, siendo Dios y hombre perfecto, sufrió con mayor severidad el peso del mal y del pecado. Esto nos lo presenta el Evangelio cuando nos muestra a Jesús, en su angustia en el Huerto de los Olivos. Sentía una angustia mortal. Sentía la tentación de abandonar la misión que el Padre le había encomendado. Pero se abraza a la voluntad del Padre, impulsado por el amor que nos tiene.

11. Toda la pasión es la expresión de su infinito amor por nosotros. El amor de Cristo es un amor que permanece por siempre. Su entrega es una entrega que no pasa. Su pasión es constante. No es algo del pasado. Por eso, nuestra vida, tiene que ser una respuesta de amor, al amor que Jesús nos tiene.




12. La lectura de la Pasión que acabamos de escuchar, nos invita a hacernos conscientes de las distintas respuestas, que nosotros damos al amor que Cristo nos tiene. El relato de la Pasión es como un espejo que refleja nuestra realidad, invitándonos a vivir una conversión, muriendo juntamente con Cristo, para poder resucitar juntamente con Él a una nueva vida.

13. En la pasión nos encontramos, con la falta de coherencia que muchas veces nos vemos, en nuestra propia vida cristiana. La misma multitud que unos cuantos días antes había aclamado llena de entusiasmo a Jesús, cuando entraba en Jerusalém, cambia de pronto su actitud y ahora pide a gritos su muerte en la cruz, delante del Pretorio del Procurador Romano.

14. Nosotros también, muchas veces hemos proclamado nuestra fe y nuestro amor a Jesús. Decimos que creemos en Él y que lo
amamos con todo el corazón. Pero, a la mera hora cuando llega la ocasión, de mostrar en las obras la fe que hemos proclamado con nuestros labios, nos olvidamos de Cristo y actuamos con criterios puramente humanos.




15. Nosotros somos, de los que amamos a Cristo cuando no hay problemas y cuando nadie cuestiona nuestra fe. Pero decimos que no lo conocemos y nos declaramos contrarios a Él, cuando se requiere un poco de valentía. No vivimos nuestra fe, hasta sus últimas consecuencias. Somos cobardes.

16. De hecho, nosotros buscamos a Cristo para servirnos de Él, pero no para servirlo a Él con todo nuestro corazón. Cristo nos ha amado hasta el extremo, de dar su vida por nosotros, para que podamos ser eternamente felices. Pero nosotros no somos capaces de darle aquello que nos pide, aunque sea algo sencillo y pequeño, porque solamente pensamos en nosotros y nos olvidamos de su amor.

17. Como las autoridades del Pueblo de Israel, cerramos nuestros ojos ante la realidad de Cristo y nos negamos, a reconocerlo como nuestro Dios y nuestro Señor. Las autoridades judías sintieron miedo de Cristo y por eso prefirieron deshacerse de Él.



18. Nosotros preferimos darle las espaldas y seguir nuestro camino, pensando que podremos lograr lo que deseamos sirviendo a dos señores. Al final, ni servimos a Dios y el mundo al final nos deja con las manos vacías. Solamente podemos seguir a Cristo viviendo nuestra fe, con todas sus consecuencias.

19. Muchas veces nosotros los cristianos, somos como Pilatos que se lavó las manos evadiendo sus responsabilidades. Él sabía perfectamente que Cristo era inocente de todo, lo que se le acusaba, pero no supo defender la verdad. Simplemente cierra los ojos a la verdad y entrega injustamente a Cristo, para que hagan con Él lo que se les venga en gana.

20. Nosotros vemos cómo a Jesús se le humilla, se le desprecia, se le pisotea se le mata en la persona, de tantos hermanos nuestros y volvemos disimuladamente nuestra mirada, a otro lado para no comprometernos, ni sentirnos responsables de nuestros hermanos
que sufren. Como Caín, también nosotros decimos: "¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?" Por esa actitud nuestra, el mal está reinando en medio de nosotros.

21. Y esto lo vemos en los pequeños ambientes de nuestra familia, de nuestro trabajo, de las personas que están dentro del círculo de nuestras amistades. Vemos las maldades y las injusticias que se cometen y nos quedamos callados. Nos lavamos las manos como Pilatos y nos olvidamos de que el amor a nuestro prójimo, nos pide luchar por su bien total.



22. Otras veces nos dejamos manipular por otras personas. Somos como esas multitudes a quienes las autoridades, aconsejaron que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte para Jesús. Hacemos lo que otros nos dicen sin darnos cuenta, de lo que estamos haciendo. No nos hacemos responsables de nuestras propias decisiones.




23. Somos manipulados por otras personas, y por los medios de comunicación masiva, a causa de que no reflexionamos en serio sobre nuestra fe cristiana. No tratamos de conocer a Jesús. No nos esforzamos por vivir en serio nuestra vocación cristiana. Todo lo tomamos superficialmente. Por eso terminamos viviendo y actuando, como todos aquellos que no conocen a Jesús.

24. Cuántas veces también abandonamos a Jesús. Lo dejamos solo en los momentos más difíciles. En realidad, son muy pocos los que siguen a Jesús, hasta morir con Él en la Cruz. Nosotros somos buenos para pedirle a Jesús, todo lo que necesitamos y nos hace falta. Pero no le sabemos dar a Él lo que nos pide.




25. Como San Pedro, tenemos miedo de reconocer nuestra Fe, delante de los que nos rodean. Como los demás apóstoles nos
 encerramos, con tranca y a obscuras por miedo a las consecuencias que pueda tener, el confesar abiertamente que somos cristianos. Por eso es que nosotros los cristianos estamos en el mundo, pero no se nota nuestra presencia. Estamos sin estar. No hacemos presente a Cristo.




26. Pero hay también algo alentador. Muchas veces nos encontramos con personas, que aparentemente no están siguiendo a 
Cristo, pero que, en los momentos difíciles, son los que salen y dan la cara por Él. Aparentemente estaban alejados de Cristo, pero al final no tienen miedo de confesar su fe en Él. Son como José de Arimatea y Nicodemo, que con mucho amor y delicadeza, llevaron el cuerpo de Jesús al sepulcro.



27. Revisemos a la luz de la Pasión y de la muerte de Cristo, la realidad de nuestra vida cristiana. En estos momentos Dios nos está llamando a una sincera conversión. No dejemos que la muerte de Cristo sea inútil, para nosotros. Que de verdad nos reconcilie con el Padre y abra para nosotros las puertas de una nueva vida.

28. Que así como Cristo nos amó, hasta el extremo de dar la vida por nosotros en la Cruz, también nosotros lo amemos hasta el extremo, de ofrecerle con amor cada uno de los momentos de nuestra vida. Pidámosle a Jesús la gracia de morir por Él, para poder empezar con Él una nueva vida.

29. Acompañemos a la Santísima Virgen, que estuvo de pie junto a la cruz de Cristo y se ofreció juntamente con Él, por nosotros y por nuestra salvación. Hagamos nuestros sus sentimientos, y ya que Cristo quiso encomendarnos a su cuidado maternal, que ella nos ayude a vivir en serio nuestra Fe cristiana.





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