Semillas de Dios.

domingo, 16 de julio de 2017

Julio 16. HOMILÍA DEL DOMINGO XV DURANTE EL AÑO (CICLO A). Dios ha sembrado sus semillas en nosotros. Nuestra vida cristiana, depende de si nosotros dejamos germinar estas semillas, en nuestra vida de cada día. No nos quejemos de lo que nos hace falta, si no dejamos que dé fruto lo que Dios ya nos ha dado. Desde Guatemala por: Monseñor Rodolfo Antonio Colominas Arango.



Dios ha sembrado sus semillas en nosotros. Nuestra vida cristiana, depende dsi nosotros dejamos germinar estas semillas, en nuestra vida de cada día. No nos quejemos de lo que nos hace falta, si no dejamos que dé fruto lo que Dios ya nos ha dado. Feliz Domingo.


HOMILÍA DEL DOMINGO XV DURANTE EL AÑO (CICLO A).


1. El centro de toda la predicación de Nuestro Señor, es el anuncio del Reino de Dios. Eso es lo que Jesús nos ha venido para anunciar: Que Dios quiere establecer su Reino entre nosotros; que quiere que las cosas y los acontecimientos estén de acuerdo a su voluntad; que ese Reino está ya en medio de nosotros; y que tenemos que esforzarnos por hacer que su fuerza, sea efectiva en nuestra vida personal y en la vida de la humanidad.



2. Para que nosotros podamos comprender todas estas enseñanzas, Jesús utiliza diversos medios: nos muestra lo que es el Reino a través de su propia persona. El Reino de Dios se 
manifiesta y se hace presente en el mismo Cristo. El Reino de Dios que consiste en hacer en todo la Voluntad del Padre, se hace presente en Cristo, que ha venido precisamente para hacer la voluntad del que lo envió.

3. Manifiesta también, lo que es el Reino de Dios por medio de los milagros, signos y prodigios que realiza, a través de los cuales nos hace ver cómo el Reino de Dios destruye, cambia y transforma toda la miseria humana. Nos hace personas nuevas. Transforma totalmente nuestra vida.



4. Pero de una manera muy especial, nos da a conocer el Reino de Dios, a través de diversas Parábolas y con ellas nos va haciendo conocer, los distintos aspectos que tiene el Reino de Dios.

 Hoy, en la lectura del Evangelio, hemos escuchado la Parábola del sembrador. Una parábola muy conocida, pero que siempre tiene enseñanzas nuevas para nosotros. Por eso es importante el meditarla constantemente.



5. Para que haya una buena cosecha, se necesitan dos elementos fundamentales: la semilla y el terreno. Es necesario que la 
semilla sea de calidad, que sea fecunda, que lleve dentro de sí una fuerza vital que la impulse a crecer y a dar fruto. Y es necesario también que el terreno, sea no solamente fértil, sino que pueda acoger la semilla que cae sobre él. Es cierto que hay otros elementos, como son la lluvia, el sol, el abono, etc. Pero Jesús quiere que nos fijemos en estos dos elementos.



6. La semilla del Reino de Dios llega al mundo por iniciativa del Padre Dios. El es el que sale a sembrarla. La siembra a manos llenas. No siembra semilla por semilla, sino que la lanza al boleo. Esa semilla es Cristo, que es la Palabra eterna del Padre, que se derrama en abundancia sobre todos y en todas partes.


7. Desde el principio de los tiempos Dios ha hecho llegar a nosotros de muchas maneras su Palabra. Nos ha hablado a través de la creación, de los acontecimientos de la vida, de los Profetas, y de otras muchas formas. Podemos decir que si nosotros abrimos nuestra mente y nuestro corazón, vamos a descubrir como Dios nos habla constantemente.

8. La semilla que Dios quiere sembrar, es pues, una buena semilla. Fecunda y llena de vida. Es una semilla capaz de producir una buena cosecha. La Palabra eterna del Padre es una semilla que es capaz, de transformar a las personas y al mundo entero.

9. Pero la semilla necesita del terreno para poder enraizar, crecer y desarrollarse. Dios no actúa en contra de nuestra libertad humana. Dios no solamente respeta nuestra libertad, sino que nos pide nuestra colaboración. Nosotros somos ese terreno en el que se siembra la semilla de la Palabra. La Palabra dará su fruto dependiendo de nuestra apertura y de nuestra acogida. Esto quiere decir que ante la Palabra de Dios, hemos de aprender a usar nuestra libertad correctamente. Dios nos ofrece la palabra de vida. De nosotros depende el aceptarla o el rechazarla. Somos libres.



10. Jesús nos muestra, las diversas actitudes que podemos tener ante la Palabra. La primera de ellas es la actitud del rechazo. Es una actitud muy frecuente, incluso en personas que se dicen muy cristianas. No quieren saber nada de la Palabra de Dios. Les importa poco o nada lo que Dios quiera decirles. Evidentemente, el fruto que la Palabra de Dios produce, en aquel que la rechaza es nulo. Pero no por culpa de la Palabra, sino porque no se la está acogiendo. Es el caso de muchos que oyen lo que Dios les dice, pero no cambian. En su interior no está acogiendo el mensaje de Dios. En ellos el Reino no se ha hecho presente.



11. La segunda actitud es la de aquel que recibe la Palabra pero de un modo intelectual, lógico. La escucha, le pone atención, reconoce que tiene razón, pero no se compromete con la Palabra. No la acoge. La Palabra queda fuera de él. No logra penetrar en su interior. Es claro que la Palabra debe ser acogida. Y acoger quiere decir comprometerse con ella, tratando de ponerla en práctica; tratando de vivirla.

12. La tercera actitud es la de aquellos que acogen la Palabra; que quieren vivirla; que se esfuerzan incluso por ajustar su vida a la Palabra que han recibido. Pero hay ciertas cosas en sus vidas que no se atreven, o no quieren quitar y que son el estorbo que no deja que la Palabra fructifique.



13. Esos estorbos pueden ser, como nos dice Jesús: el afán por las riquezas; la búsqueda de placeres; ciertas situaciones irregulares, como serían por ejemplo: el adulterio, la violencia en la manera de actuar y de pensar, los vicios, la falta de sinceridad, etc. Todo esto, por más que una persona se esfuerce, impide que la Palabra fructifique y que el Reino de Dios se haga 
presente. Lo único que estas personas logran es el sentirse frustradas ante la imposibilidad de vivir plenamente lo que Dios les pide.



14. Finalmente, Jesús nos presenta una tercera actitud. Es aquella representada por el buen terreno, que acoge la semilla y la deja fructificar. Cuando una persona es un buen terreno, la Palabra encuentra acogida y con toda sinceridad, hace la lucha por llevarla a la práctica, removiendo todos aquellos obstáculos que no la dejan crecer. El buen terreno no se opone a la acción de Dios, al contrario, le presta toda su colaboración.



15. Dios nos envía su Palabra como semilla de su Reino. Dios nos enseña los caminos que hemos de seguir, para que el Reino se haga presente entre nosotros. Lo único que necesitamos es acoger la Palabra. Dependiendo de la manera como acojamos los llamados de Dios, así se va a hacer realidad en nuestra vida el Reino de Dios.



16. Jesús nos hace ver que incluso en la manera de acoger el Reino, hay diversas actitudes. Por eso nos dice que hay diversas clases de terrenos. Los que dan el 30 por uno, representan a aquellos que se contentan con dar una respuesta a medias. Los del 60 por uno que son los que responden con generosidad. Y finalmente los de 100 por uno, que son los que no saben decirle no al Señor y dejan que El haga en ellos maravillas. Esos son los santos. Como la Santísima Virgen, que le dijo al Señor con toda sinceridad: Hágase en mí según tu Palabra.



17. Pidamos al Señor, saber acoger de tal manera su Divina Palabra, que su Reino se haga presente entre nosotros. Nosotros mismos necesitamos la presencia del Reino de Dios. Los sufrimientos del mundo y de la humanidad nos vienen precisamente por oponernos a que ese Reino se haga realidad. Que al hacer vida la Palabra que Dios nos envía, hagamos que el mundo vaya cambiando y podamos ver con esperanza, el futuro de toda la humanidad.




Oración de los fieles
Sacerdote: Llenos de confianza presentemos ahora al Señor nuestras intenciones y necesidades, pidiendo que su Reino se haga realidad entre nosotros.




Sacerdote: Recibe Dios de misericordia, las súplicas que te hemos presentado y concédenos poder vivir siempre, de acuerdo a Tu Divina Voluntad. 

Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén



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