Homilía del IV domingo de Cuaresma (Ciclo B). 18-03-2012. Desde Guatemala por Monseñor Rodolfo Colominas Arango.
Querido José Luis: Te mando la Homilía del Domingo. Pongamos nuestra mirada en Cristo y tratemos de corresponder con nuestro amor al amor que Dios nos tiene. Feliz domingo.
Homilía del IV domingo de Cuaresma (Ciclo B)
1. La primera lectura nos ha presentado uno de los hechos más dolorosos de la historia del Pueblo de Israel: la destrucción del templo en Jerusalén y la deportación del pueblo judío a Babilonia, en el siglo VI antes de Cristo.
2. Esto sucedió como consecuencia de la infidelidad del pueblo a Dios y a la Alianza sellada con Él. A pesar de las continuas advertencias de los profetas, Israel no quiso convertirse de su mala conducta y regresar al camino del Señor. Cerró su corazón a la Palabra del Señor y tuvo que sufrir las consecuencias de de su infidelidad.
3. Pero debemos tener muy claro que, en realidad, no es Dios quien castigó a su Pueblo, sino que el pecado y la rebeldía llevó al Pueblo a separarse de Dios y a rechazar sus orientaciones y esto fue lo que atrajo sobre él la muerte, el daño, la destrucción y la desolación.
4. El pueblo de Israel lo pierde todo: su Templo, su tierra, su libertad y todo aquello que era su Gloria y su vida. Sin embargo, a pesar del rechazo de su Pueblo, Dios permaneció fiel a su amor. Él ama por siempre; ama como sólo Él puede amar porque Él «es Amor».
5. Por ese amor siempre fiel quiso rescatar y reconciliar nuevamente consigo a quienes se habían apartado de Él, a quienes, por su desobediencia, se habían hundido en el abismo de la muerte.
6. Los Israelitas experimentan el amor y la ternura de Dios cuando, después de 70 años el Señor les concede regresar a su tierra y les concede todo lo necesario para reconstruir todo aquello que habían perdido.
7. Esto que vivió y experimentó el pueblo de Israel, también lo hemos vivido y experimentado cada uno de nosotros. Con el pecado lo hemos perdido todo. El dolor y el sufrimiento se hicieron presentes en la vida humana al abandonar a Dios. Pero nosotros no hemos recapacitado en esta realidad dolorosa que estamos viviendo. Incluso, hasta hemos llegado a considerar “normal” la presencia del mal en nuestra vida.
8. Pero recordemos que Dios no nos llamó a la existencia para vivir una vida llena de sufrimientos y miserias. Nos hizo para ser felices, para vivir en paz, para hacernos partícipes de su misma vida. La existencia humana no tendría sentido y sería totalmente absurda si hubiésemos sido llamado para vivir de la manera como estamos viviendo.
9. Por eso, también para nosotros brilla la luz de la misericordia de Dios, como brilló para el Pueblo de Israel. Lástima que este Pueblo no supo aprovechar esta nueva oportunidad que Dios le dio y de nuevo se apartó de los caminos que Dios le había señalado.
10. En el Evangelio se nos presenta el encuentro de Nicodemo con Jesús. En este diálogo con Nicodemo, el Señor Jesús le hace ver que esta reconciliación de la humanidad con Dios la ha de realizar Él por medio de su crucifixión y glorificación.
11. Nicodemo era un fariseo, magistrado judío, que se acercaba sinceramente a Jesús, que estaba abierto a su mensaje y a sus milagros, pero que tenía miedo de manifestarse como discípulo suyo delante de los demás fariseos.
12. Jesús le hace ver a Nicodemo que el amor de Dios es inagotable y que, por eso, fue que el Padre envió a su propio Hijo al mundo, para que todo aquel que creyera en Él pudiera alcanzar la vida eterna y la comunión con Dios, perdida por el pecado.
13. Para anunciar su crucifixión Jesús establece una comparación, recordando un pasaje del Antiguo Testamento, en el que se nos relata que unas serpientes venenosas habían mordido a los hijos del pueblo elegido, en su marcha por el desierto, como consecuencia de su rebeldía en contra de Dios.
14. Los Israelitas, para poder conservar la vida, después de haber sido mordidos, debían levantar sus ojos a una serpiente de bronce que Dios había mandado hacer a Moisés. Y todo aquel que miraba esa serpiente de bronce quedaba curado.
15. Jesús le dice a Nicodemo: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre para que todo el que crea en Él tenga vida eterna ». De esta manera, Jesús le anuncia a Nicodemo que en Él se va a realizar plenamente lo que Dios quiso prefigurar en aquel episodio de la Escritura.
16. El mismo Hijo es quien, como un nuevo Moisés, intercederá ante su Padre por toda la humanidad caída, y al mismo tiempo será Él quien, como aquella serpiente de bronce, será “elevado” «para que todo el que cree en Él tenga vida eterna».
17. En la Cruz reconciliadora de Jesucristo la salvación que anunciaba aquél signo se hace realidad plena: el Señor Jesús, elevado en la Cruz, es la plena y universal «señal de salvación» para todos los hombres de todos los tiempos.
18. Por su Hijo clavado en la Cruz, Dios ofrece la salvación a toda la humanidad. Por medio de su Hijo, Dios nos salva de la muerte eterna que es fruto de la “mordedura” de la antigua serpiente; que es fruto de la seducción diabólica y de la rebeldía del hombre frente a Dios.
19. En el pasaje del Evangelio el Señor Jesús se presenta a sí mismo como fuente de vida eterna. La calificación “eterna” indica que la vida que Dios promete al hombre va más allá de la vida temporal se trata de una vida que, luego de la muerte física, se abre a la eternidad de Dios.
20. Para acoger el don de la vida eterna es necesaria la mirada de la fe: esta vida eterna la alcanzará todo aquel que crea en Cristo. Quedará curado de la mordedura venenosa de la antigua serpiente quien mire a Cristo elevado en la Cruz.
21. No basta, sin embargo, tan sólo posar los ojos sobre Cristo. Para San Juan “ver” y “creer” son palabras que significan lo mismo. Al Señor Jesús hay que “verle” como Hijo de Dios, como Salvador, como Dios mismo que nos salva y reconcilia mediante la Cruz.
22. Necesitamos tener ante Cristo clavado en la cruz, la mirada profunda de la fe que nos permite ver más allá de las apariencias y reconocer, en ese hombre levantado en la Cruz, al Mesías e Hijo de Dios que se entrega a la muerte en vez de nosotros para que nosotros podamos vivir eternamente…
23. Sin embargo, esta fe en Cristo no nos dispensa de las obras, sino que, por el contrario, nos pide actuar en consecuencia y en coherencia con la fe que profesamos con los labios. La fe auténtica es una fe integral, es fe en la mente y fe en el corazón que nos lleva a la acción.
24. Al contemplar a Cristo en la cruz contemplemos el infinito amor que Dios nos tiene que, a pesar de nuestros pecados e ingratitudes no dudó en entregar a la muerte a su Único Hijo para ofrecernos la vida de hijos de Dios que perdimos por nuestros pecados.
25. Ahora bien, si Jesús ha entregado su vida por nosotros ¿cómo hemos de vivir y actuar para corresponder a su amor? ¿Será posible que sigamos viviendo alejados de Dios? ¿Podemos vivir una vida cristiana a medias?
26. Nosotros muchas veces nos quejamos de las ingratitudes de las personas. Sin embargo, a Dios lo tratamos de la peor manera. Ojalá que esta cuaresma nos lleve a ser agradecidos con Dios por todo lo que ha hecho por nosotros.
27. En un momento de silencio, pensemos en todo lo que el Señor nos ha dado y en todo lo que ha hecho por nosotros. Ojalá que sepamos corresponder con amor al amor que Él nos tiene.
Oración de los fieles
Sacerdote: Ahora elevemos nuestra oración a Dios, que es rico en misericordia, y que en Jesucristo nos ha llamado a obrar según la ley del amor. Pidamos por nuestras intenciones y necesidades..
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Sacerdote: Señor Dios, que tanto amas al mundo que nos diste a tu Hijo para que nos salvara de la muerte y del pecado, escucha las súplicas que en nombre de todos los hombres te hemos presentado, y haz que un día gocemos de tu luz y de tu verdad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.